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Las Ferias
No quiero cerrar estos escritos sin
recordar aquellas Ferias de mi infancia. Eran las fiestas
del año por excelencia. En aquella época sólo duraban los tres
días de siempre: 28, 29 y 30 de Agosto, con el añadido de la
emotiva víspera y el ambiente religioso, casi festivo, que daba la
celebración de la novena de la Virgen de Caballeros. Aquellas
hermosas letanías que, generación tras generación de
villaviejenses, hemos ido cantando con mayor o menor fervor, pero
con ese sonsonete repetitivo que sólo los de mi pueblo sentimos
profundamente en nuestros corazones.
La primera señal de ambiente de
Ferias era el comienzo del cierre de la plaza; un ritual que, de
una forma u otra, se ha venido siempre repitiendo. Entonces, con
menos medios, se prolongaba más tiempo que en la actualidad;
aunque sólo consistía en cerrar con barreras, y se ponían tres o
cuatro palenques. El resto del cierre era ir colocando carros
detrás de las barreras, y en la parte alta del carro se sujetaban
unos tablones (a veces unos trillos boca abajo o puertas viejas)
improvisando de esta forma una tarima en cada carro, encima de la
cual se acomodaba la gente, sentados en sillas que traían de casa
o también algún escaño que aguantara el trajín. Los carros del
pueblo hacían entonces un gran servicio, pues su protagonismo en
las Ferias llegaba, incluso, hasta para cerrar las calles por
donde pasaba el encierro. No existían todavía esas vallas que se
usan ahora, que dan total seguridad en el recorrido. En aquellos
años siempre se escapaba algún novillo entre los carros, y el
pueblo estaba en vilo hasta que conseguían reducirlo.
En los días en que se trabajaba en
el cierre de la plaza, los niños jugábamos entre los tablones y
hacíamos columpios, machándonos más de una vez un pie o
algún dedo. Pasábamos todo el día en la plaza; allí hacíamos
nuestra vida jugando. A medida que iban cerrando disfrutábamos
mucho jugando al escondite. Pero sobre todo cuando, ya cerrada la
plaza, el Sr. Matías cogía la manguera para regar la arena por las
tardes, y los chavales lo desafíabamos coreando: “La manga
riega, “paquí” no llega...” Y él gozaba echándonos algún
manguerazo, cuando nos despistábamos.
Otra señal del comienzo ya inminente
de las fiestas era la llegada de los gitanos, que solían acampar
en la chopera del Rodeo, en lo que es hoy la calle Prado San Pedro
y alrededores. Los gitanos venían a Ferias precisamente a feriar,
a la compra-venta de animales: burros, mulos, caballos, etc. Aún
no estaban hechas las casas nuevas, y la feria del ganado solía
celebrarse alrededor de la charca del Rodeo (marranos, ovejas,
burros), y a la entrada de la dehesa (la feria de caballos, vacas,
bueyes, etc.), en el terreno que ocupa hoy la piscina.
El ambiente de diversión, me refiero
a las atracciones, solía ser alrededor de la iglesia, detrás de la
capilla, y en la calle de los bares (hoy llamada calle
Cruce). A mí me gustaban mucho las tómbolas. Pero de todos los
puestos ambulantes de juguetes y chucherías había uno que era el
que siempre me llamaba más la atención: el de una señora
pequeñita, vestida de negro, con una pañoleta también negra a la
cabeza, con unos pendientes antiguos, largos, que solía colocarse
al lado de la Farmacia de antes con una mesita y un pedazo
grandísimo de turrón del duro, que para cortarlo utilizaba un
hacha pequeñita, y nos lo vendía al peso. Era un turrón riquísimo
el de aquella mujer que, creo, era una serrana de La Alberca.
Dentro de las atracciones de
aquellos años, donde más se divertía la gente (pequeños y
mayores), y donde más ambiente había siempre, era en las barcas
del tío Avelino. Eran cuatro barcas con el sistema mecánico de
columpio, que únicamente se movían por el impulso de sus
ocupantes. A veces empujaba el propio tío Avelino, que era un
hombre que caía muy bien a la gente. En aquellos años, él era un
visitante asiduo a las Ferias.
Las corridas de toros de entonces
poco se diferenciaban de las de ahora; quizá los encierros tenían
más emoción y, al mismo tiempo, más peligro, al tener las calles
sólo cerradas con carros. Pero en las corridas todos recordamos
aquellos años en que vimos torear juntos a Santiago Martín El
Viti y Antonio Moro El Fondaco. Los chavales estábamos
orgullosos de tener un torero del pueblo, aunque luego el bueno de
Antonio escogiera una vida más tranquila. Recuerdo ver en las
barberías del pueblo carteles y calendarios de ambos, toreando,
que los niños mirábamos con auténtica admiración. Para nosotros
eran unos ídolos, e influían mucho en nuestra vida; hasta el punto
que era muy normal, entre los juegos infantiles de entonces, la
afición a jugar a los toros.
Pero las fiestas de Villavieja, con
ser las fiestas, me atrevo a decir que serían muy poco, o
serían mucho menos que lo que son, si no tuvieran la Víspera.
Y es que la víspera, último día de la novena, se baja cada año
hasta la plaza mayor la patrona de Villavieja la Virgen de
Caballeros. Ese recorrido hasta la plaza, cantando las
letanías, acompañando con emoción contenida la imagen de la
Virgen, encierra tantos sentimientos en los corazones de los
villaviejenses, que si no existiera esta procesión habría que
inventarla. La Virgen de Caballeros, para cualquier villaviejense,
es parte integrante de su propia familia. Todos la miramos como
algo propio. Todos la sentimos nuestra, sobre todo cuando con
recogimiento la visitamos en su ermita. Ella formaba parte de
nuestra vida ya en aquellos años de nuestra niñez; y desde
pequeños hemos oído a nuestra madre exclamar más de una vez:
“¡Virgen de Caballeros, pero qué pintas traes, dónde te habrás
metido!”. Y todavía ahora, cuando volvemos junto a ella, y la
miramos con la misma fe de nuestros mayores (al margen del efecto
psicológico que en ello pueda haber), su imagen nos trasmite paz y
serenidad, y siente uno un respeto inmenso al pensar en los miles
de villaviejenses, que nos han precedido en esa tierna devoción y
ese amor hacia la Virgen de Caballeros.

Es por eso que, cuando cada año la
bajamos en la víspera de Ferias, unos acompañándola desde la
ermita y otros esperándola en la plaza, la sentimos tan nuestra
que, con la mayor naturalidad, queremos hacerla partícipe de
nuestras fiestas. El momento álgido es verla entrar en la plaza;
en ese instante sentimos todos ese escalofrío con mezcla de
admiración y orgullo, que reprime nuestra emoción, rompiendo
explosivamente todo el pueblo en aplausos. Es un momento único,
que desborda los pensamientos íntimos de todos los asistentes que,
al vernos allí todos juntos alrededor de su imagen, nos sentimos
más pueblo y como más unidos interiormente a todos los
villaviejenses que nos han precedido y han vivido como nosotros
esos momentos al lado de su patrona, la Virgen de Caballeros. Ella
ha sido testigo en todos los momentos importantes de nuestra vida.
Y al día siguiente, tras una solemne
misa mayor y la ofrenda de todo el pueblo, la acompañamos hasta su
ermita. Es aquí donde siempre me llamó la atención, como algo
curioso, que antes de entrar la imagen se la gira y se pone
mirando para el pueblo mientras cantamos la Salve como despedida.
Este es un gesto que a mí, particularmente, siempre me llenó;
similar a cuando te despides de unos amigos o parientes a la
puerta de tu casa. Y es que la Virgen de Caballeros es tan
nuestra, es tan de todos, que su devoción nos une y nos iguala a
todos los villaviejenses, a los vivos y a cuantos nos precedieron,
que fueron precisamente quienes nos inculcaron su devoción, las
buenas costumbres y la fe que profesamos. Y junto a la Virgen
nuestra patrona, a solas con ella en su ermita, todos hemos pasado
ratos muy íntimos, confiándole muchos secretos de nuestra vida.
Por todo ello, seguiré teniendo
siempre nostalgia de mi pueblo cada vez que me asome al balcón de
los años de mi infancia; y cantaré con orgullo en mi corazón,
cuantas veces pueda, las sencillas estrofas de su himno, pensando
entre otras cosas que “no lo puedo olvidar porque desde que
nací la Virgen de Caballeros está velando por mí”.
J.Benito Glez. Báez
bieitogbaez@yahoo.es
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